La Matallana es Laura.
Estudié audiovisuales con la cabeza en el vídeo y la radio. La fotografía llegó sola, sin avisar, entre evento y evento.
Con Cinema Paradiso entendí que quería dedicarme a esto. Esa escena del protagonista viendo proyectarse la película — la emoción en su cara, la luz parpadeante. Kubrick, Hitchcock, Tornatore. Directores que cambiaban una emoción con un solo plano, con recursos mínimos y criterio máximo. Eso es lo que intento llevarme a cada encargo.
Llevo años trabajando en fotografía deportiva, social y de marca. Fue de la mano de Engel & Völkers donde encontré mi sitio en el mundo inmobiliario — y donde surgió la oportunidad de formarme como piloto de dron.
Hoy tengo la habilitación STS, la certificación más exigente para operar en entornos complejos. Eso me permite construir narrativas completas: desde el detalle hasta la perspectiva aérea que lo cambia todo.
La Matallana nació de las ganas. Las ganas de una chica que decidió que su apellido podía ser también su proyecto, su criterio y su forma de ver el mundo. Una marca personal construida desde dentro, sin atajos.
No fuerzo el momento. Trabajo con lo que sucede.
En bodas, no trabajo sola.
Para los días que lo merecen, cuento con Sandra Blánquez, fotógrafa. Ella se encarga de la imagen fija; yo del vídeo. Dos miradas, un mismo criterio.